Disimulada y educadamente alguien se levanta, pidiendo permiso, del cómodo y céntrico sillón en donde mantenía una pesada e inacabable charla. Son esos momentos los que nos ponen a prueba como seres humanos, a prueba de la convivencia con los demás.
El común e inevitable trámite se anticipa y se anuncia unos minutos antes, dando unos primeros momentos de incomodidad al individuo, luego esa pesada e inconfundible materia baja lentamente por nuestro cuerpo, hasta tocar la puerta de salida. Es ahí donde comienza nuestra prueba. Es normal que este proceso se inicie en medio de una importante reunión, o de una charla formal, o en medio de cualquier lugar, porque siempre nos agarra desprevenidos. Es en ese instante, cuando el deber llama, en donde se ponen a prueba nuestras habilidades de cordialidad y elegancia.
Nos comenzamos a acomodar, solamente para retrasar lo inevitable, teniendo siempre la esperanza de que sea una falsa alarma, llevando nuestro sistema digestivo a su punto límite. Luego viene ese terrible sentimiento de vergüenza acumulada, la piel de gallina, todos nos miran, nuestra mente se evade, no podemos prestar atención a nada ni a nadie, no podemos seguir esa charla en la que estábamos metidos, llegamos a elaborar complejos planes, excusas, situaciones que nos liberen de la tortura en la que se transforma ese momento. Tratamos desesperadamente de salir corriendo al baño, sabiendo que no podemos. Y a medida que la incomodidad va avanzando, nuestras caras cambian, ya no sonríen, ya no muestran sus dientes. Es entonces cuando el desastre es inminente, que quedando bien, o mal, decidimos finalmente asistir al preciado cuarto de baño.
Agradeciendo al cielo, nos acercamos impacientemente a la puerta, y entramos, como quien llega a su casa luego de un día de trabajo, y nos desplomamos sobre el, en ese momento, cómodo inodoro. Entonces dejamos que nuestro cuerpo fluya libremente sin restricciones, y disfrutamos el enorme placer en el que se ha transformado esa terrible tortura en la que estábamos viviendo.
En ese momento alguien toca la puerta. Sabiendo lo que le está sucediendo, nos cuesta decirlo, pero lo hacemos para defender lo que tanto nos costó, con la voz trabada y confusa aclamamos: Ocupado!
Y un instante después nos preguntamos, ¿es el baño el que está ocupado?, ¿o el ocupado soy yo? En ese caso, depende de la situación, podríamos decir: Muy ocupado, cuando toquen la puerta. O en el peor de los casos: Preocupado!
Siguiendo con el razonamiento, cuando alguien está dentro del baño, el baño está ocupado, pero esa persona a su vez también está ocupada, o sea que ocupamos el baño estando ocupados. Y aquello que nos ocupa, que en definitiva, es lo que está ocupando al baño, es la razón que nos llevó hasta allí. Podemos decir entonces que la mierda nos lleva a ocuparnos de las cagadas, cagando a los demás.
Finalmente, con la satisfacción del deber cumplido, acomodamos todo en su lugar y cuando pensamos que lo bueno ya había terminado, con sólo apretar un botón, que despliegue de manantiales! Vemos como todo fluye, fuera de nuestro estómago, y disfrutamos del correr del agua, limpia.
Es entonces, cuando estamos listos para encarar nuevamente aquella situación que tan apresuradamente habíamos dejado, y salimos del cuarto de baño habiéndonos sacado un peso de encima, sabiendo que volveremos.
jueves, 5 de marzo de 2009
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